El amor-camaradería
y la igualdad sexual
Juan José Angulo de la Calle
Alexandra Kollontai era una
bolchevique leal y conocedora de primera mano de la realidad del
proceso revolucionario comunista en Rusia y países del antiguo
Imperio zarista. No era nada sospechosa de ser contrarrevolucionaria,
pero hizo una crítica a la creciente burocratización.
Haciendo
autocrítica, observa que había en los primeros años de la
República Socialista Federativa Soviética de Rusia (1917-1923) una
Oposición Obrera (protestas y críticas sindicales) y que tiene
razón de ser en tanto en cuanto habían dificultades económicas
(por la guerra civil y defensa frente a batallones internacionales
invasores) y en que se estaba limitando el poder de los trabajadores
de los soviets.
Según Kollontai, se estaba instaurando en los soviets la colocación de especialistas (tecnócratas) como cargos responsables en asuntos económicos y políticos. Había cierta burocratización, menor escucha a los trabajadores de los soviets (y su consecuente descontento) y la instauración de una primacía del Partido Comunista y de tecnócratas en los consejos (por ser la voz formada principal). Había cierta burocratización, si bien todavía existían los soviets y eran un espacio para que los trabajadores pudiesen expresarse y participar en los espacios públicos.
Kollontai se puso a favor de la Oposición Obrera que pedía más soberanía de los soviets y la entrega del poder económico a las masas (como venía recogido en el programa del Partido Comunista Bolchevique). Ella
estaba en contra de la burocracia, por no saber, como saben los
obreros, cómo funciona y se administra una industria o unas tierras,
por ser una institución que va en contra de la iniciativa y
creatividad obrera y porque merma el poder obrero y su autonomía,
limita la capacidad de participación de los trabajadores en los
consejos obreros o soviets.
En el siguiente Congreso del Partido Comunista Bolchevique se aprobó, en cambio, la postura de Lenin, Trotsky y Zinoviev (entre otros) de que, hasta que se forme a los trabajadores en los soviets en economía y política, se mantenga la gestión de personas con estudios en cargos de poder y de organización de los soviets, tierras y fábricas.
El "amor" tradicionalista (matrimonio posesivo)
y "amor" liberal (cosificación sexual femenina)
En el texto La mujer nueva y la moral sexual, y otros escritos se
describen todas estas cuestiones. En él se recogen una serie de
escritos en el que se plasman las ideas anteriormente descritas:
“amor-camaradería” (las relaciones de amor basados en el
compañerismo entre iguales), la reivindicación de igualdad entre
sexos en cuanto a derechos reales (no meramente formales de las
leyes, que luego pueden no seguir su contenido las parejas) y el
desarrollo libre de la sexualidad o revolución sexual.
Con el desarrollo de la sociedad, con la industrialización y la
difusión de ideas liberales y comunistas (igualitaristas radicales),
surgió la mujer trabajadora, cuyo trabajo tenía prestigio [siempre
ha trabajado la mujer: en los campos en la antigüedad, edad feudal y
modernidad: pero nunca se le había reconocido su trabajo] y le
proporcionaba cierta independencia económica (ocupaban puestos bajos
y cobrando menos que los hombres: como ahora), y la capacidad de
elegir. A pesar de todo, la cultura dominante, tradicionalista y
sexista. Ella se nutría de la presión social y familiar, los
prejuicios tradicionalistas y puritanos se implantaban desde niñas;
en los que asignaba un papel diferenciado e de inferioridad a la
mujer. Daba como papel principal de la mujer ser esposa en
matrimonios asimétricos; esto es, ella ocupaba todas las tareas del
hogar y del cuidado de los hijos: era tratada como la sierva del
varón.
La mujer nueva es la mujer luchadora, la trabajadora que se
movilizaba y que ocupaba parte de su vida en meterse lícitamente en
los asuntos públicos. La res publica también a ella le
afectaba y era silenciada de distintas formas: excluyéndola del
derecho al voto, exigiéndola silencio en los órganos y
agrupamientos políticos, fomentando la “pureza e inocencia
femenina”: el silencio y la sumisión. Solamente la mujer
combativa, es la mujer que lucha por sus derechos [los deberes ya
vienen dados: se trabaja de forma productiva –sino, hay despidos:
siempre se trabaja lo que toca; incluso más de lo que corresponde-,
se ocupa de parte de las tareas del hogar y paga impuestos
forzosamente].
Dicho tipo de mujer se halla en el mundo laboral [con
reconocimiento], se mete lícitamente en los asuntos públicos
(política, cultura, ciencia y condiciones laborales), se alejan del
puritanismo y tratan de vivir su sexualidad en libertad. La mujer
obrera también forma parte de esta mujer nueva, logra cierta
autoestima por su capacidad productiva y creativa y tiene orgullo de
una independencia económica conseguida con muchos sacrificios (las
malas condiciones laborales y salariales de las fábricas).
La mujer que con la cultura trata de realizarse como persona, acaba
sola: no es tratada en la moral liberal como persona, como alguien
que te está con el varón, como una compañía (más bien es
utilizada como objeto a poseer sexualmente). Se encuentra al lado de
un hombre distante, que no corresponde con al amor que la mujer que
le da y que siente.
El “amor romántico” que fomenta la cultura liberal es una nueva
ideología del amor: pide a la mujer entregarse, disolver su
personalidad; pero esta disolución está disimulada porque no se
muestra directamente que se disuelva la mujer a la vida entregada por
completo al marido (que es frecuentemente como acaba al final, tras
años y años de supuesto amor libre), sino que es una disolución de
la personalidad para entregarse a la pareja, entidad exaltada: se
vende a la mujer que es la “media naranja” del hombre (mientras
que al hombre, no). Kate Miller escribió: “El amor es el opio
de las mujeres”.
El “amor romántico”, la mera emoción, no llena a la mujer.
Además que, en realidad, supone entregarse ciegamente a la pasión y
suspender el juicio de lo que está pasando (la entrega al varón y
la disolución de la individualidad). La mujer nueva no se deja
atrapar por este amor, que no le satisface (no es encuentro entre
sujetos).
La mujer más activa es la revolucionaria. Dedica su vida a la
propaganda y agitación, a sus ideales, y al trabajo. Por tanto, no
tiene como fin principal “como mujer” el emparejarse y tiene
relaciones esporádicas. Conseguir relaciones de pareja no es la
finalidad de su vida: tiene prioridades más importantes, que son más
relacionadas con su vida, su situación y su identidad personal,
situada en la conciencia de clase.
La mujer no debe ser sierva del varón; puestos a entregarse a la
dedicación hacia alguien, lo mejor es dedicarse a colaborar con los
más explotados (que están en nuestra misma situación, misma
situación: conciencia de clase). El “amor romántico” es un
señuelo para que la mujer no busque de por sí el placer sexual,
sino para enredarla en el matrimonio tradicionalista, en la que ella
es la sirvienta del varón y niñera de sus hijos: una sierva, una
esclava del varón.
El “amor romántico”, con su retórica, le convence a la mujer
para que se “disuelva”: pierda la individualidad para entregarse
al “amor”, al sentimiento de ser “media naranja” de la
entelequia que es la supuesta “pareja” (la verdadera
pareja sentimental propiamente dicha consiste en una relación de dos
personas en igualdad). La “pareja liberal” es ser parte de la
dualidad y no ser sí misma. La mujer nueva sabe reaccionar y
recuperar su propia voz.
El fomentado “amor-romance” y “liberal” es una nueva forma
para que la mujer sea tratada como objeto (objeto de deseo, objeto
sexual a poseer) y que acabe “disolviéndose” supuestamente en el
amor: pero en realidad es sacrificar la individualidad y terminar
sirviendo al varón (que no renuncia a la individualidad y, entonces,
puede tomar las iniciativas –órdenes- y estar en posición
superior a la mujer). Para vencer la trampa del “amor-romance”
se debe luchar contra su planteamiento, replantear el amor y formarse
acerca de las trampas de los seductores (los donjuanes que halagan
mujeres, las seducen, las poseen y luego las abandonan de diversas
formas –separación, enfriamiento o distanciamiento-).
La cultura dominante que fomenta el “amor-liberal y el
“amor-romántico”, con toda su fuerza retórica (su capacidad de
persuadir, convencer y seducir), no puede con la mujer moderna,
consciente de que ella ha sido autosuficiente e independiente; y ya
no tiene la resignación de la mujer educada en el pasado y a la que
se le convenció de que, aunque trabajara (como jornalera del campo
cobrando poco y sin independencia económica), debía casarse en el
matrimonio tradicional (en el que era sierva de su marido).
Aunque haya alguna mujer que sea mujer nueva y se case por el
matrimonio tradicionalista con todos los “valores” (ser buena ama
de casa o sierva, y la exaltada maternidad-dedicación total o ser
niñera de sus propios hijos, sin compartir tareas con el varón), su
individualidad y carácter no se ven socavados como en el pasado: no
hay sumisión, ni servilismo, ni resignación, ni actitud acrítica y
pasiva de la mujer a la que le imponían un papel de servidumbre en
el pasado. Aún pasada por todos los trámites y asunciones que
suponen el matrimonio conyugal y su consecuente asimétrica vida
conyugal, todavía le queda a la mujer nueva la crítica racional,
la reflexión y formas de rebeldía.
A pesar de lo descrito, es posible dentro del matrimonio haber
libertad para ambos en el caso de que haya compañerismo (algún tipo
de amor camaradería). La mujer nueva puede casarse con un hombre
que sinceramente esté a favor de la igualdad y que, como la ama,
quiere que sea feliz (siendo libre y en relaciones de felicidad). En
todo caso, Kolantai lo expresa así: “Marido y mujer viven en su
propio mundo. Ella consagrada al arte y él dedicado a la
investigación científica. Constituyen una pareja de buenos
compañeros, unidos por lazos espirituales sólidos, que no impiden
su mutua libertad.”
La mujer nueva arranca las cadenas impuestas a su sexo por la cultura
dominante, la tradición ultraconservadora, la presión social y
familiar reaccionaria.
El problema no es el matrimonio en sí: el matrimonio civil es más
libre y, en el tradicional o religioso, la pareja puede decidir
romper con el rituales tradicionalistas como el de las “arras”
–compra de la mujer- y las costumbres sexistas de las diferentes
tradiciones; y vivir más allá de los papeles tradicionalistas que
han sido asignados. El amor puede ser libre, puede serlo en una
relación de compañerismo, una relación entre iguales: un
“amor-camaradería”.
Lo que debe procurarse es romper los esquemas de los papeles
tradicionales (repartir tareas y estar en igualdad real) y romper
también con la idea del amor como “entrega al amor” (de hecho,
acaba siendo entrega de la mujer al hombre como sierva) y su forma
edulcorada de presentarla como “amor romántico” (que se reduce,
de facto, a la seducción de un “donjuán” libertino –que,
al final, usa a la mujer como objeto sexual- o acaba en matrimonio
tradicionalista).
El “amor-romance” que se fomenta con todo el romanticismo del
mundo es, realidad, “disolver” la individualidad [la de la mujer,
no se exige en el hombre] para entregarse del todo al amor del hombre
(dejando de ser sujeto y frenando una relación entre iguales
enriquecedora para ambas personas) y ser su “media naranja” (una
persona que no está “entera” o que no se completa si no está
atada a otra persona); un hombre que después, cuando finalmente ella
está atada por los papeles jurídicos del matrimonio o la
dependencia económica (las mujeres cobran menos que los hombres en
los mismos puestos y con el mismo grado de trabajo –o mayor
incluso-), la trata como sierva Se debe romper con el
“amor-romance” en su forma liberal. Para romper la trampa del
“amor-romántico” debe luchar contra él y formarse contra sus
artimañas.
El amor-camaradería y la igualdad sexual en el comunismo
La mujer nueva procura tener un amor que no es posesivo, favorable a
que su pareja pueda poder romper con ella (si la emoción amorosa
desaparece o si, de forma natural e incontrolada, se enamora de otra
persona) e ir con otra mujer: está a favor del amor sin ataduras
forzosas, acepta un cierto “amor libre” (la situación en la que
en la pareja, sin encadenamientos, está junta mientras las dos
personas lo quieran y que no estén retenidas y atadas forzosamente).
El amor tiene que ser “amor-camaradería”, amor de compañeros:
ser personas que están en la misma posición [de clase, conciencia
de clase]: personas deben ser tener relaciones en las que ambas sean
tratadas como iguales en tanto en cuanto ambos son miembros de la
misma clase y posición social; y consecuentemente, en la misma
posición, han de tener ambos las mismas libertades, sin
constricciones, ni ataduras férreas. “En Maia se manifiesta ya
un sentimiento complementario desconocido de la mujer del pasado: el
sentimiento de colectividad, de compañerismo.”
Las mujeres nuevas realizan justas exigencias al varón, que con el
tiempo se vuelve frío y distante (o rupturista). Frente a maridos
que no prestan atención a la esposa, y los “donjuanes” que
fingen interés, fingen ser comprensivos y las seducen
psicológicamente hasta lograr manipularla, a través de artimañas,
mentalmente y, después, corporalmente (hasta la posesión del mismo
como si fuera un objeto).
La mujer nueva exige respeto, reivindica su personalidad y la valora.
No consiente que nadie la ningunee, la desvalorice y niegue su
individualidad. “La mujer contemporánea se hace exigente.
Desea y exige el respeto a su personalidad, a su alma; pretende que
se tenga en consideración su “yo”. No consiente el
despotismo.”
El amor que espera la mujer es el amor hacia su personalidad y no ser
simplemente deseada como cuerpo (no quiere ser tratada como objeto,
objeto de deseo y sexual). Quiere cariño. Buscan un
“amor-compañerismo”: un amor con libertad e independencia, sin
ataduras férreas (posesivas). Tiene unas exigencias mínimas, pide
que se le trate como una persona, estar en unas relaciones de
igualdad y con una libertad sin encadenamientos. La mujer nueva
lucha con el “amor romántico”, en el que pierde individualidad
para entregarse (“disolverse”) al “amor” (al varón, en
realidad).
La mujer nueva elige al varón con el que quiere estar; es libre: sin
matrimonios concertados, sin presiones sociales y familiares que le
afecten de verdad. La mujer nueva es capaz de usar sus fuerzas para
tener la oportunidad de elegir su pareja, puede tomar iniciativas y
puede elegir libremente. No es ya un sujeto pasivo u objeto que
entrega el padre en el matrimonio tradicionalista. Ella toma sus
propias decisiones y, por tanto, puede tener iniciativa sexual. Puede
buscar el gozo sexual para ella y no esperar pasivamente que la
improbable comprensión del hombre le facilite que él se dé cuenta
de que no solamente debe buscar su propio placer –posesión de la
mujer como objeto-, sino que debe preocuparse de proporcionar placer
a su pareja (y preguntarle cómo hacer que goce más). No, ahora la
mujer es sujeto activo en la sexualidad y se ocupa de procurarse el
placer ella misma, tomando la iniciativa en las actividades sexuales.
La mujer nueva es el producto del desarrollo material histórico, que
ha permitido que haya mujeres que, con el acceso a un tipo de trabajo
que tiene prestigio [no como el trabajo de jornalera o de obrera en
las fábricas: minusvalorado por cobrar poco –y menos que sus
compañeros de trabajo varones] y le permite ser independiente
económicamente.
Además, el movimiento obrero ha permitido que surgieran mujeres más
igualitaristas debido al activismo obrerista de mujeres trabajadoras
de fábricas que realizan la lucha de clases contra las
desigualdades. Ellas tienen conciencia de clase, son activistas de
la lucha de clases y, por supuesto, favorables a todo igualitarismo.
Prioritariamente el movimiento obrero busca mejores condiciones
laborales e igualdad en el ámbito social; pero, en su compromiso por
la igualdad, trasladan ese compromiso hacia la igualdad sexual: sobre
todo porque en él se van sumando un número grande de trabajadoras,
que están también en las fábricas, también son explotadas –más
que los varones- y se ven presionadas materialmente (y mentalmente
por la conciencia de clase que adquieren) a la lucha de clases.
Aparte de que el sexismo en la forma contemporánea es de origen
burgués, está basado en la propiedad privada: los esposos se
comportan posesivos y dominantes con las mujeres porque la noción de
propiedad privada cala, de forma subconsciente, hasta la mentalidad
de ellos (por otro lado, acrítica y aprovechada de la situación por
parte de ellos) y las tratan como si fueran siervas. Engels lo
describe así: “La familia individual moderna se funda en la
esclavitud doméstica más o menos disimulada de la mujer y la
sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias
individuales. […] El hombre es en la familia el burgués;
la mujer representa en ella el proletariado.”
La mujer trabajadora se ha visto en una situación de independencia
tal, que los antiguos valores impositivos hacia las mujeres, les
resultan inadmisibles dada su relativa “libertad” y su no
dependencia económica respecto a un esposo o hacia un padre, o hacia
cualquier otra persona que no sea ella misma. En su trabajo
encuentra condiciones laborales impuestas, formas de explotación y
abusos, que la conducen a la lucha obrera. En ella, encuentran un
movimiento insertado en la lucha de clases, en la lucha contra las
desigualdades, y se introduce en un activismo que la lucha en pro de
las relaciones igualitaristas (también en la sexualidad); en contra
de todas las formas de opresión de la burguesía (la patronal).
Empieza a ser combativa y reivindicativa.
La mujer obrera en lucha de clases forma una moral nueva. Su lucha
contra la dominación clasista (de la la clase alta sobre las demás,
que se ven dependientes económicamente y socialmente a la primera),
su lucha de clases, es una lucha por la igualdad (social,
principalmente); una lucha que, en su principio igualitarista, en
consistencia con su igualitarismo, se conduce a trasladar la lucha
igualitaria a todos los ámbitos (como la igualdad entre sexos y el
establecimiento de relaciones sexuales en régimen de igualdad –y
libertad: el “amor libre”, fomentado por las distintas
organizaciones obreristas –sobre todo los anarquistas, más
libertarios-). El movimiento obrero, opuesto a toda forma de
alienación, defiende la individualidad, desarrollo de la humanidad y
las relaciones sanas de la camaradería y la solidaridad (ayuda mutua
entre iguales por tener intereses compartidos, hasta llegar a ser
internacionalista –por medio de las diferentes Asociaciones
Internacionales de los Trabajadores).
La lucha contra la opresión de clases y por la igualdad, lleva a la
mujer obrerista a luchar por la igualdad en todos los ámbitos (tanto
en derechos como en deberes tales como el reparto de tareas de la
casa y cuidados, y las relaciones sexuales en igualdad). La propia
lucha de clase necesita de mujeres obreras combativas para lograr
aumentar su fuerza (y por tanto, sus camaradas varones las tendrán
que tratar de forma adecuada, con compañerismo, pero también con
respeto y con igualdad –por ser de la misma clase obrera-; de forma
que sean elementos activos: con personalidad propia y capacidad
crítica para los debates de los Comités de huelga). En definitiva,
Kolantai considera que las mujeres obreristas son la vanguardia de la
lucha femenina por lograr iguales derechos y deberes, la igualdad de
sexos y el fomento de las relaciones sexuales igualitaristas.
Se debe romper con la moral tradicionalista bajo todas sus formas;
hasta debe una ruptura con su versión más moderna y respetuosa con
la mujer, porque, en realidad le exige a ella introducirse en el
matrimonio tradicionalista en la que de hecho es sierva y se le
fuerza a tener hijos, tratando la reproducción como una elección
libre de la mujer por considerar la maternidad algo maravilloso, sino
que es exigida forzosamente por ser presentada como norma moral
utilitarista: la reproducción es útil para la sociedad; y no se
tiene en cuenta a la mujer como sujeto que, como tal, puede y debería
poder tomar sus propias decisiones. Frente a este código moral, se
debe fomentar el legítimo desenvolvimiento de la sexualidad, que es
una necesidad.
La transformación de las relaciones sexuales a ser de verdadero
amor: en igualdad y libertad, mediante plantearlas como una forma de
compañerismo. Se requiere un cambio total de la sociedad: la actual
sociedad fomenta el amor burgués, formar una pareja atada por un
contrato económico como el matrimonio y, así, encadenando a las
personas emparejadas.
Hay que destruir sus estructuras como la propiedad privada, que
subconscientemente conduce a actitudes posesivas en el matrimonio
planteado como contrato comercial (reparto de bienes en propiedad).
Un contrato que es asimétrico porque de facto, de hecho,
conduce a que en muchos casos la mujer se ocupe de la mayor parte de
las tareas del hogar y cuidados –cuando no todas, aunque trabaje
fuera de casa), reduciendo a la mujer en la sierva del varón por
tener dependencia económica al hombre –que cobra más que ella: en
la actualidad en Europa, cobra más o menos un %16 menos que los
varones
y la proporción es aún mayor en países del tercer mundo- y merced
a esa dependencia, a no poder subsistir (o a tener dificultades) sin
el mayor salario masculino, se ve presionada a cumplir que le exige
el marido (como si de un contrato laboral se tratase) y acaba siendo
sierva del varón.
Todo esto es una clara translación del tipo de relaciones sociales
que impulsa la burguesía o patronal (división social del trabajo y
división de la sociedad en una estratificación de clases). Por
tanto, Kolantai deduce que hay que romper con todos los impuestos
esquemas (económicos y sociales, que luego se trasladan a los
esquemas mentales y a las actitudes), transformando la sociedad:
realizando la revolución social y estableciendo el comunismo: esta
ideología -en parte filosofía y en parte economía política de
Marx y Engels-, en principio, defiende la liberación total del ser
humano – fomenta la eliminación de explotación, alienaciones y
conquista de la democracia por la clase obrera-
y el igualitarismo –la sociedad sin clases y la eliminación de
todo tipo de desigualdades-).
La mujer tradicionalista está unida al marido por estar atada
económicamente, es tratada como una propiedad (“la mujer entregada
al marido” y “comprada” simbólicamente con el rito de las
arras, dotes y otros rituales posesivos tradicionlalistas); así, el
marido suele ser posesivo y no da felicidad a nadie: no busca la
satisfacción sexual ni amorosa (el matrimonio burgués y rutinario
acaba “enfriando” las pasiones): solamente es una relación
orientada a la reproducción forzada (por las presiones sociales).
Kolantai considera que el matrimonio tradicionalista (con ataduras
férreas) es absurdo: muchos son concertados (puro comercio) y no se
basa en el amor. El voto de unión exclusiva no se garantiza: no se
basa en el amor, ni siquiera en la confianza; ya que los esposos ni
siquiera se conocen. El matrimonio tradicionalista se basa en la
propiedad, permite que haya aparición de celos: es posesivo. Esto
es debido a cómo está ritualizado con el rito de las arras o las
dotes –en otras religiones, rituales que pueden ser voluntarios-; a
las ideas prejuiciosas y tradicionalistas que le acompañan como el
papel del varón como proveedor del dinero y el de la mujer de ser
ama de casa –sierva-; y a la dependencia ecónomica de la mujer
respecto al varón: depende de él porque aunque trabaje cobra menos
que él: es producto de la explotación burguesa y a su división
clasista, posible gracias a la propiedad privada de los medios de
producción o empresas (que permite al burgués imponer en su empresa
las condiciones de los contratos a firmar por los candidatos –en
los que el parado no tiene fuerza para negociar, salvo que haya lucha
obrera-).
El matrimonio burgués influido por la cultura y valores predominante
(de la clase dominante, la burguesa) trae a ambas partes prejuicios.
Va contra ambos esposos, no deja libertad para ser uno mismo, se
diluye cada miembro del matrimonio en la “pareja”; y, en la
entrega al “matrimonio”, se quita tiempo para cada uno para ser
uno mismo y se dedica todo el tiempo al “modo de vida matrimonial
natural” (convencional, es un modo de vida forzosa y artificiosa
que obliga a vivir en la entelequia de la “ser dos en uno”; estar
en un grupo cerrado y reducido, sin haber trabajado antes la
individualidad; una individualidad trabajada que podría participar
mejor y de manera más activa y con ganas en la relación de pareja).
Además, se fomenta en él la rutina y la muerte de la pasión, por
no fomentar el constante desarrollo de la sexualidad y la
afectuosidad.
Fuera del matrimonio descrito, hay otras formas de amor que también
son tóxicas y en la que se utiliza a la mujer como objeto. El “amor
libre” que los hombres buscan está imbuido por los prejuicios del
matrimonio tradicionalista (pasión posesiva) y la prostitución
(tratar a la mujer como objeto y poseerla físicamente sin reservas
por el “derecho” del cliente que paga). No hay amor, sólo hay
trato de la mujer como posesión y objeto. No puede haber amor
verdadero, amor libre, en nuestra sociedad: las relaciones o bien
acaban en matrimonio tradicionalista, o bien termina en ruptura.
Amor-camaradería y comunismo:
igualdad social y sexual
Según Kollontai, solamente el movimiento comunista, con sus
reivindicaciones igualitaristas (eliminación de clases y de todas
las desigualdades) y libertadoras (buscan la conquista obrera de la
democracia, como viene en el Manifiesto comunista),
permite la posibilidad de plantear un amor libre propiamente dicho.
El comunismo busca: 1) la igualdad económico-social: quitar la
sociedad clasista y la explotación: no pagar al trabajador en
función de lo que produce; 2) la ausencia de toda jerarquía
opresiva (los cargos en los consejos obreros son rotativos y
destituibles por ellos); 3) los matrimonios civiles (menos posesivos
por ser la separación o divorcio más viable); 4) la lucha contra
opresión (división social del trabajo y sociedad clasista) y abuso
(explotación y la alienación).
Las relaciones sexuales deben basarse en el igualitarismo comunista,
el que disuelve las diferencias económicas entre clases y, por ende,
entre sexos: por eliminar las dependencias económicas (en la
sociedad sin clases, si es realmente sin clases ni desigualdades,
entonces no habrá diferencia de retribución entre hombres y
mujeres) y las ataduras encadenadas (el comunismo busca, en
principio, la liberación total de la humanidad: generaría
formulaciones jurídicas igualitarias para las parejas: como unos
matrimonios civiles en los que el divorcio sea fácil y asequible).
El comunismo, en sus programas al menos, fomenta la igualdad, la
eliminación de desigualdades económicas (y con ello, como ya he
referido antes, implica eliminar toda posibilidad de dependencia
económica de la mujer respecto a su esposo o pareja masculina de
hecho); y fomenta la solidaridad: las relaciones de ayuda mutua entre
iguales (igualitarismo puro), entre compañeros, entre camaradas con
la misma posición (y libertades).
Según Kollontai, el amor posesivo es derivado de la propiedad
privada, se trata a la mujer como parte del patrimonio (pero llamada:
“matrimonio”). La idea de propiedad, según Kolantai,
subliminalmente lleva a la noción subconsciente de que la esposa es
algún tipo de propiedad [se ve porque en ellas pueden aparecer
celos: no deseo de lo mejor para la persona amada, aunque sea con
otra persona; es querer que la relación sea un compromiso
contractual inviolable, negación de la posibilidad de elegir a la
mujer en cualquier momento –siempre bajo el respeto-, y atadura
férrea: signos de actitudes posesivas].
En resumen, los tres factores del sexismo son: 1) el egocentrismo
exacerbado: buscar solamente el propio placer por medio del “uso”
de la mujer o posesión de la mujer, tratada como objeto a utilizar
para lograr el placer individualista (solamente el propio placer
sexual, sin tener en cuenta a la otra persona) del hombre, que ni
siquiera se plantea que la mujer procurar el placer también de la
mujer, a la que no como como su igual o como sujeto (sino, no podría
“usarla” y la tendría en cuenta); 2) las tendencias, prejuicios
y actitudes posesivas, derivadas de la noción de propiedad privada;
y 3) la desigualdad de hecho (que no de justicia) de los sexos, cuya
existencia no es cuestionada y es asumida como algo “natural” o
“normal”.
El amor no debe ser una pasión desatada que nos encadene y
determinen su vida (hacia ser esposa-sierva), sino como una fuerza
positiva que no constriña la personalidad, sino que refuerce la
personalidad al lado de otra persona, que es su igual y quiere que se
desarrolle como persona. Kolantai reivindica, a sus camaradas
comunistas, que la cuestión sexual debe formar parte del programa
comunista (muy centrado en la lucha de clases, en la revolución
social y su consecuente eliminación de las clases sociales), puesto
que se rige por el principio “a cada cual con su facultad, a cada
cual según su necesidad” (necesidades sexuales y amorosas
incluidas), y busca la libertad y bienestar general de la humanidad.
Además, la lucha de clases busca la igualdad y la eliminación de
los intereses encontrados de los grupos humanos [no debe haber un
varón con el interés de tener a la mujer como su sierva de la
casa]: entre este igualitarismo, se encuentra la consecución de unas
relaciones sexuales igualitarias y armoniosas. Es fundamental porque
en las relaciones sexuales se juegan las relaciones personales, que
pueden ser orientadas al igualitarismo (amoroso y simpatía hacia los
camaradas de lucha), un compañerismo a la lucha de clases reforzada
por los afectos entre camaradas y por crear un grupo unido
afectuosamente que formará la Comunidad comunista y transformará la
sociedad a una sociedad en la que todo el mundo será compañero y
sin distinciones jerárquicas: sin clases de ningún tipo.
Esto es, se debe fomentar un amor en relaciones de igualdad en la que
los dos miembros de la pareja (si no deciden ampliar el número de
personas con las que establecer relaciones sexuales) en relaciones de
igualdad, en los que ambos se respeten y valoren, reconociéndose
mutuamente como sujetos con personalidad (y nunca ser tratados como
objetos de deseo, esposas-siervas y mujeres como objeto sexual); y
admitiendo la libertad de ambos (contra las ataduras férreas y las
dependencias económicas); permitiendo expresarse que en la relación
en la que se está, se está en ella porque se quiere y no por
presiones sociales y familiares, convenciones, tradiciones y
servilismo tradicionalista de la mujer y otras formas de opresión
que atan abusivamente y forzosamente a la pareja.
La solución se dará cuando se establezcan en la pareja relaciones
de igualdad, compañerismo entre personas de la misma posición:
camaradería. En el “amor-camaradería” las parejas se tratarían
como compañeros, como se tratan entre sí los compañeros de
trabajo: se tratarían como iguales. Se debe lograr supera el amor
tal como se entiende ahora: dentro de una pareja comprometida o atada
por contratos y por presiones sociales que repudian la posibilidad,
considerándola como traición, falta de “palabra y compromiso”,
infidelidad o ataque a la persona con la que se rompe la relación
(que es resultado de factores emocionales importantes, como el darse
cuenta finalmente que no son compatibles, que surja otro amor mayor
hacia otra persona –son cosas que pasan- o que la pasión haya
desaparecido). El amor tiene que ser concebido como algo que no debe
conformarse y que debe expandirse lo máximo posible (ampliación de
los afectos, muestras de cariño y extrapolación hacia los demás
como simpatía). El amor debe extender todas sus potencialidades.
“[…] La Humanidad no
encontrará solución a este problema hasta que no haya enseñoreado
de su alma el “potencial de amor”, hasta que el concepto de
libertad en el matrimonio y en la unión libre no sea un hecho
consolidado; en suma, hasta que el principio de camaradería no haya
triunfado de los conceptos tradicionales de desigualdad y de
subordinación entre los sexos. Sin una reconstrucción total y
fundamental de nuestra psicología es insoluble el problema sexual.”
Según Kollontai, el nuevo grupo de vanguardia social lleva en su
proyecto: el igualitarismo, la ayuda mutua y la solidaridad entre
personas de la misma posición: la búsqueda de satisfacer los
intereses compartidos, los interesesde clase o condiciones laborales
y sociales en general, pero también la satisfacción de las
necesidades cuyo incumplimiento conlleva formas de alienación
(duramente criticadas por las distintas organizaciones obreristas y
socialistas –utópicos, científicos o marxistas, y libertarios o
anarquistas-).
Bajo el lema de Marx: “a cada cual con su facultad, a cada cual con
su necesidad”, se expresa el reparto de recursos en función de
necesidades [que puede confluir con su lema: “a cada cual con su
capacidad” o reparto en función del valor real que cada trabajador
genera, si se crea un Estado Social que atienda a las personas que,
por las razones que fueren, con sus retribuciones no cubren sus
necesidades materiales]. Se señala que es para satisfacer la
necesidad sobre todo en cuanto a la retribución, pero Marx denunció
todas las formas de alienación: por tanto, se puede extender esa
proclama de satisfacer la necesidad, procurando satisfacer el resto
de necesidades humanas (para evitar la alienación).
El comunismo busca el igualitarismo total: busca eliminar las clases,
en pro de acabar de “la dominación y explotación del hombre por
el hombre” [en palabras de Marx, hoy matizaríamos con más finura
y se diría que hay que acabar con la dominación de una parte de la
humanidad sobre el resto de personas –sin invisibilizar a la mujer,
generalizando al hombre como sinónimo de ser humano, cuando
realmente es solamente es la mitad de la población-). El comunismo,
por lo menos en su programa, busca la igualdad real y total por medio
de la eliminación de clases (como forma de eliminar toda forma de
relaciones de dominio y subordinación. También es extrapolable al
resto de ámbitos de la vida, fuera aparte de los socio-económicos:
los ámbitos familiares, relaciones interpersonales igualitarias en
general, relaciones sexuales en libertad e igualdad entre sexos [y
géneros].
Los comunistas, en su programa al menos, van contra la burguesía y
todos sus abusos:
la explotación laboral (no pagar al trabajador por lo que produce);
la Ideología clasista (las ideas dominantes que tratan de esconder
la realidad social interna de la sociedad, usando conceptos vagos,
abstractos y vagos –para evitar que la gente piense en la realidad
concreta y el concreto abuso clasista explotador- como “democracia”
–meramente formal-, “libertad”, “igualdad” (formal, no
real) y “fraternidad” –no mencionan la sororidad-), y que no
sirven para que la persona se sienta realizada (son puras
abstracciones y las personas tienen necesidades materiales,
laborales –poder hacer trabajo creativo y no alienante- y
sociales);
la alienación filosófica-abstracta-ideológica individualista:
reducirse a ser “individuo” en abstracto: ser considerado como
ser “atomizado”, el “individuo en general”: el individuo es
la base de la sociedad según el liberalismo, sin atender que todo
individuo es un ser social y con relaciones, un individuo al que se
pretende que olvide su ser social y su conciencia de clase,
fomentando el culto al individuo separado del grupo social al que
pertenece, la clase trabajadora, mientras la burguesía actúa como
clase organizada y dominante (en la Patronal, la banca y el IBEX
45), dando como resultado la creación de un individuo abstraído
que no se puede realizar como persona (se le simboliza, no se
trabaja la necesidad de creatividad, está alienado en el trabajo
por no lograr mejoras por lucha social y está socialmente mal:
explotado, y alienado en el trabajo y en la vida);
la falta de libertades reales, la democracia liberal es democracia
meramente formal y no real: los poderes fácticos del capital
presionan a los gobiernos para cumplir sus intereses particulares
frente a los de las personas trabajadoras [los grandes partidos que
forman gobiernos se financian con préstamos de bancos y donaciones
“anónimas” muy generosas –de grandes empresarios-, a la que
corresponden cumpliendo los intereses de la clase capitalista; y
logrando después puestos altos en las empresas beneficiadas, lo que
se conoce coloquialmente como “puertas giratorias”, entiendo
personalmente, a cambio a “los servicios prestados”]: el
comunismo, en teoría, busca la liberación humana en su completitud
(sin ningún tipo de alienación: laboral, filosófica-ideológica,
política, social y sexual).
Kolantai señala que el movimiento obrerista da pasos a avances en
las relaciones sociales. Su máxima expresión es el proyecto
comunista, que trata de destruir la sociedad capitalista (en la que
hay diferencias de clase y dominación clasista), y todos sus abusos
burgueses, permite la posibilidad de dar paso a construir un
igualitarismo total, en todos sus ámbitos (social, político,
económico y sexual). Considera que la construcción del comunismo
es la reconstrucción de la sociedad en pro del logro del
igualitarismo total (también entre sexos) y la libertad humana
general (permitiendo una revolución sexual, necesaria porque en ella
se juegan las relaciones sociales, que pueden ser de
“amor-camaradería”, refuerzo del compañerismo de la lucha
social y parte de la formación de la conciencia de clase).
Concluye
Kollontai señalando que el partido comunista puede y debe tratar la
revolución sexual, que consider a que no es algo secundario y
cuestión a postergar hasta la consecución de la revolución, sino
que forma parte de la lucha social en tanto en cuanto en las
relaciones sociales se juegan las relaciones sociales, la igualdad de
sexos hace que la mujer pueda participar en la lucha de clases y un
amor replanteado como compañerismo reforzaría al grupo: daría más
unidad, haría que los lazos entre compañeros fueran más estrechos
y que se identifiquen más entre ellos, y un “amor-camaradería”
se podría extender al resto de compañeros como simpatía,
reforzando la unidad del grupo por medio de una ligazón afectiva.
La sociedad comunista debe afianzar el “amor-camaradería, para que
las personas se vean emocionalmente vinculadas e impulsadas a la
solidaridad (ayuda a otras personas de tu misma posición, clase, al
entender que todos tienen los mismos intereses comunes como clase
–e.g. si una fábrica hace huelga, otras se pueden solidarizar y
apoyarlos de alguna manera-) y que debe haber ayuda mutua entre
iguales. El “amor-camaradería” superaría el supuesto “amor
libre” liberal y burgués, que no deja de ser una doble moral en la
que se perpetúa el sexismo: permite “amor libre” al hombre, se
valora como ilustrado y racional buscar el placer en otras mujeres
–de la forma que sea-, sin ninguna consulta a su pareja oficial y
sin respeto a ello; y luego, considera escandaloso si su esposa
realiza exactamente lo mismo. La mencionada afectividad de
“amor-camaradería” superaría estas absurdas desigualdades, al
estar basadas en el igualitarismo comunista.
Además este amor puede
“desplegarse” o extenderse hacia los compañeros de clase en
forma de una simpatía que refuerza el apoyo mutuo en el trabajo
(para la mejor construcción de la sociedad comunista –al menos,
sobre el papel-), el sentimiento de grupo (que está unido
afectivamente) y, por consiguiente, esta afectividad, este
“amor-camaradería”, ayuda a la lucha de clases, a la revolución
proletaria y a la construcción del comunismo (formando un grupo
cohesionado y unido, vinculado por el afecto).
Kollontai presenta los elementos distintivos de la nueva moral mínima
para las relaciones sentimentales entre sexos: igualdad entre sexos
(ausencia en todos los ámbitos de formas de subordinación o,
incluso, de servilismo de la mujer respecto al hombre);
reconocimiento mutuo de los derechos, sin ataduras férreas y
permitiendo la posibilidad de poder hablar acerca de tener relaciones
sexuales con otras personas a la vez (siempre desde el respeto mutuo
–se tendría que cerrar esa posibilidad si una de las dos personas
se pueda sentir mal por ello-); relaciones de fraternidad y
sororidad, unidas en la relación de compañerismo; amor abierto y
sin crear núcleos afectivos casi exclusivos (como la familia nuclear
mal llevada, que puede conducir al aislamiento de la pareja de sus
amigos y conocidos); y amor extendido, en la medida de lo posible, al
colectivo bajo la forma de simpatía (hacia los compañeros de
trabajo y los camaradas de la lucha de clases o de construcción de
la revolución social).
Bibliografía:
-Engels, Frederich 1968: El Origen de la Familia, de la Propiedad
Privada y del Estado. Traducción: J. L. P. San
Sebastián: Equipo Editorial.
-Kolantai, Alejandra 1976: La
mujer nueva y la nueva moral, y otros escritos. Traducción:
María Teresa Andrade. Madrid: Editorial Ayuso.
-Kolantai, Alejandra 1976: La
Oposición Obrera. Madrid: CASTELLOTE
EDITOR.
- Zetkin,
Clara 1925: “Entrevista realizada por Clara Zetkin a Vladímir
Lenin en 1924”. La Caja de Herramientas. Subida en:
http://archivo.juventudes.org/clara-zetkin/entrevista-realizada-por-clara-zetkin-vlad%C3%ADmir-lenin-en-1924
(consultada el 17 de junio de 2019)