Sobre la sabiduría
Juan José Angulo de la Calle
No es más sabio el que más sabe, sino el que mejor sabe vivir. De otra manera, no sería una verdadera sabiduría, sino erudición. Cuando se habla de sabiduría se refiere más a un saber vivir y si no se sabe vivir, no podría haber sabiduría alguna.
El modelo ideal de vida de la Antigua Grecia es el sabio. Los griegos buscaban algún porcentaje de sabiduría. Se podía ser más o menos filósofo, pero el caso es que se tenía como ideal tener algún tipo de saber. Sus grandes personajes ilustres y significativos eran reconocidos como sabios: Solón, Licurgos, Odiseo...
En el helenismo, se trató de responder a la pregunta acerca de la buena vida, en un momento crucial en el que la vida no se reducía a la coexistencia en Ciudades-Estado porque se vivía en grandes imperios o bajo su dominio.
Los escépticos consideraban que no se puede llegar al saber absoluto, puesto que somos seres limitados. Por ello y para evitar dogmatismos que nos alteren, defendían que había que tener un sublimarse de lo que se cree saber, un alejarse mentalmente, una epojé. Gracias a ella se logra la serenidad en la vida llamada ataraxia.
Para los autores posteriores, esta serenidad o ataraxia es la sabiduría. Epicuro definió la felicidad en base a buscar el placer y evitar el dolor. Daba énfasis a la segunda parte, por lo que algunos placeres estaban descartados porque podrían producir dolor. Exempli gratia, comer en exceso puede producir indigestiones, por muy placentero que sea el comer. Epicuro buscaba, en cambio, los placeres más elevados. Para evitar excesos nocivos, apelaba a la virtud de la moderación; y añadía como placeres elevados, las virtudes de la amistad y la búsqueda del saber.
Los estoicos coinciden con los epicúreos en que consideran a las virtudes los medios para tener una buena vida. Sin embargo, se diferenciaban de ellos en que para ellos la felicidad no era un objetivo que debía lograrse, sino que era un añadido. Defiende Séneca que si se busca la felicidad, se busca el placer y ello nos ablanda, nos hace tornadizos, unos veletas que pueden cambiar de parecer según vengan los caprichos y ello lleva a la molicie y a la decadencia. Él defiende que se debe realizar la virtud porque es un deber, no por el placer que da el realizarla. Se debe vivir según el deber y no meramente conforme con el deber.
Los estoicos pensaban que, como todo tiene una causa, el universo entero supone una gran cadena o red de causas y que, por ello, lo real es racional. Defendían que hay que vivir conforme con la naturaleza y dado que el ser humano es un ser racional, se debe vivir según la razón. Vivir conforme a la razón supone el aceptar la realidad porque es racional. Los avatares de la vida suponen pruebas que nos pone la fortuna, retos que debemos superar para ser mejores.
Según Epicteto, hay cosas que dependen de nosotros y otras que no. No dependen de nosotros los asuntos externos (la salud, el estatus social...), pero sí podemos actuar respecto a cómo nos afectan las cosas, cómo las encajamos. Si se tiene la noción de que todo está prestado y que lo externo no me define, estaremos más preparados para encarar los avatares de la vida.
El aceptar con estoicismo todo lo que pase, nos endurece y nos da entereza. Y ella nos permitirá soportar las fatalidades de la existencia. Al final, la práctica de la virtud racional es lo que conduce a la felicidad, a la vida buena y a la sabiduría.
Sin embargo, Juan Berraondo señala que precisamente esta práctica de la virtud hace imposible llegar a la sabiduría. A cada momento el supuesto sabio puede actuar y puede cambiar. Por tanto, nunca llega a una sabiduría estable, en una existencia voluble en la que no somos nada porque siempre estamos pendientes de ser.
Al final, lo único que queda es la filosofía, la búsqueda del saber. Y aunque no nos lleve a la sabiduría al completo, puede que nos conduzca a tener un cierto grado de ella.
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