2020(e)ko uztailaren 1(a), asteazkena

Ensayo sobre estética europea

Ensayo sobre estética europea

 

Juan José Angulo de la Calle

Estética griega clásica




Tras el derrocamiento del Anax, rey de autoridad religiosa y militar, por los medio bárbaros dorios, los basilei o señores de la guerra se convirtieron en autoridad, excusada por ser los “defensores” de la comunidad. Su poder venía representada simbólicamente por ser portadores de una armadura completa; y con la mejora de la técnica de forja y el abaratamiento de las armas, los soldados empezaron a exigir participación política. Con ello, se implantó la isonomía o igualdad ante la ley para los ciudadanos.


Dicho régimen daba legitimidad y estabilidad política. Una vez logrado orden en la organización humana, se quiso buscar un orden similar en el cosmos y en el arte. Poco a poco se fue estableciendo el canon de belleza griego clásico consistente en la armonía, basada en el orden, medida y proporción.


Para la mentalidad griega todo lo que no tuviese una medida, era desproporcionado y caótico, terrible y monstruoso.  Los inmensos titantes no solamente eran horribles, sino que eran seres excesivamente grandes y que tenían que ser soberbios y regidos por la arbitrariedad.  El orden del universo únicamente se alcanzaría tras la derrota de ellos por parte de los bellos y armoniosos olímpicos.

El Imperio Persa, tan enorme, parecía casi sin limitaciones y medidas; un Estado tan inmenso solamente podía ser gobernado por un poder enorme e ilimitado, un gobierno de la arbitrariedad.  La amenaza persa se veía como una monstruosidad. Desde la mentalidad antigua, lo bello o armonioso era bueno [se utilizaba el mismo término para describir lo bueno, lo grande, lo noble y lo bello].


El desorden generaba inquietud, incertidumbre y desasosiego; por lo que siempre se buscaba un orden. Se empezó poco a poco a establecer en el arte griego antiguo con los criterios de medida y proporción. Las figuras debían tener unas proporciones armoniosas casi matemáticas.


Influído por el arte egipcio, el primer arte dorio era más ornamental o decoración con fines externos al arte (fines ideológicos, de muestra de grandeza del poder) que trabajo elaborado que buscase la belleza. Las columnas dóricas eran básicas y austeras, la arquitectura mostraba grandeza y decoración, y las figuras eran más estatuas que esculturas. Las estatuas mostraban figuras de fuerza, una característica sonrisa hierática (meramente formal y ajena a la humanidad) y mostraban a personas con un pie delante de otro (mostrando que las figuras estaban entre el cielo y la tierra, tratando de divinizarlas).


El arte jónico era más depurado y procuraba respetar las proporciones, procurando la belleza artística. Las columnas tenían detalles más trabajados y mayor complejidad. Empezaron a crearse esculturas propiamente dichas, que ya tenían dotados expresividad y posturas más acordes al movimiento, y que procuraban acercarse a unas proporciones armoniosas y bellas.


El arte corintio fue la mejor expresión del canon de orden, medida y proporción. Las columnas estaban muy pulidas, trabajadas y construídas con líneas armoniosas y acabados con detalles muy ornamentados y artísticos. Las esculturas contaron con proporciones casi matemáticas y expresión plástica menos artificiosa, que mostraban cuerpos ideales, pero más “orgánicos” o más cercanos a la figura humana. La arquitectura aplicaba medidas matemáticas, sin buscar demasiado su exactitud (e. g. Las columnas del Partenón estaban construídas de forma que a la vista parecían rectas). Se procuraba en todas las artes descritas aplicar la proporción áurea (el número phi, para establecer medidas y ordenamiento de los elementos armoniosos), sin que se impusiese de forma forzosa.


Como ya se ha indicado, el prejuicio griego establecía que lo bello era bueno. Al hilo de esta manera de interpretar la realidad, Platón consideró que la bondad era la auténtica belleza, en tanto en cuanto la justicia dotaba de equilibrio y ello daba armonía. Consideraba que el arte era mera copia de la realidad, cuando la realidad ya era copia de un mundo ideal del que procedía el mundo cambiante en el que vivimos. Rechazó a los poetas, por desviar a la gente del conocimiento más adecuado, el racional que se abstrae de la sensibilidad.


El mejor discípulo de Platón, Aristóteles, señaló que el mundo de las ideas era indemostrable y que si había que buscar patrones que se repetían había que buscarlo en las estructuras de la naturaleza de las especies, que era captable por la abstracción de los sentidos, aunque siempre remitiéndose a éstos: las estructuras básicas de los seres o Formas estaban en los mismos seres. El arte es mímesis, el arte es imitación de la naturaleza y no copia, el arte es capaz de captar parte de la realidad, la que se recoge a través de los sentidos, y mostrar la belleza, que pudiera ser la mejor expresión de la naturaleza.

Estética medieval y renacentista

 

 

En la Edad Feudal, bajo las consideraciones principales de Agustín de Hipona, Dios, el ser que tenía que existir para que los seres contingentes y limitados (entre ellos los humanos) pudieran ser, era entendido como la mayor bondad.  En su visión neoplatónica, dicha suma bondad era entendida entonces como el mayor orden y excelsa armonía.

Entonces, el arte europeo (tanto el occidental como el bizantino) procuró plasmar ese orden supremo, desde perspectivas diferentes.  En Bizancio se trató de expresar la grandeza divina con expresiones grandilocuentes, tonos dorados y detalles trabajados. El arte más occidental tenía unos fines más pedagógicos, pretendían que los fieles no se distrajesen con un arte demasiado bello y representaba figuras y formas simples, pero en bajo proporciones matemáticas (aunque más centradas en el la composición de cruces y figuras dentro de cuadrados, otra forma de expresión de los cuatro lados de la cruz y de la divinidad cristiana).

La belleza era entendida como armonía, pero una consistente en la epifanía o muestra del orden que se atribuye que establece Dios.

Con la invasión de Constantinopla, artistas de Bizancio huyeron a la península itálica recuperando textos antiguos clásicos.  Acabaron en un territorio donde ya había tenido lugar un esplendor cultural [sobre todo con el Quatroccento, con figuras como Dante Alighieri, Giovanni Boccaccio, Francesco Petrarca o Sandro Botticeli; promocionadas por mecenas de la nueva clase mercantil, que buscaban una imagen de status de poder].  Allí se produjo el Renacimiento.

Con la recuperación de los textos clásicos, en los que se difundía los ideales de belleza de orden, medida y proporción, así como el fomento de la proporción áurea (por parte sobre todo del arquitecto romano clásico Vitrubio), se explotó volver y potenciar los criterios artísticos clásicos.  Las medidas en las que se tenía que aplicar las proporciones armoniosas estaban basadas en el cuerpo humano (pulgadas, pies, pasos...) y se valoró humano por evaluar positivamente los textos y arte antiguos clásicos, anteriores al cristianismo.  Pico della Mirandola, un filósofo neoplatónico, consideró que dada la racionalidad del ser humano, él podía ser capaz de tomar decisiones y ser, en parte, dueño de su vida.

Con el uso de la medida humana para realizar las proporciones matemáticamente armoniosas, la valoración de textos clásicos anteriores al cristianismo que trataban de temas mundanos y la evaluación de la capacidad humana, el pensamiento y el arte dejó de centrarse tanto en la divinidad, desconocida, y se dirigió la cultura hacia el ser humano, más cognoscible y con capacidades.  Ello dio lugar al humanismo.

El arte se vio muy influenciado por la traducción de textos clásicos del arquitecto romano Vitrubio (de la época de Julio César).  En ella, se fomentaba una arquitectura basada en el número áureo (phi), las consecuentes proporciones armoniosas matemáticas y la importancia de nociones tridimensionales (no dejaban de ser textos de arquitectura).

Artistas y teóricos como Luca Pacioli, Leon Battista Alberti y  Albrecht Dürer fomentaron el uso de proporciones matemáticas (basadas en el número phi).  La perspectiva fue una derivación de la valoración de los textos de arquitectura de Vitrubio, que fueron aplicados en la pintura a través de la técnica del sfumato o difuminado del fondo para que dé sensación de profundidad.

Los avances en investigación matemática, con los cálculos de artillería, la investigación acerca de la perspectiva y el estudio de la aplicación explícita de la proporción áurea dotaron al arte renacentista de una composición matemática muy elaborada y armoniosa.

La noción de belleza tenía que ver con el canon de armonía clásico, aunque más matemáticamente exacto y en función de proporciones humanas, con lo que era más humanista.  La belleza era entendida como la expresión de la naturaleza idealizada y proporcionada.

Estética moderna



El Renacimiento agotó todos los motivos de expresión que podía explotar y los artistas tendieron a hacer arte a la maniera (a la manera) renacentista. Sin embargo, aunque pretendían seguir el estilo renacentista tuvieron que distanciarse en parte de él para poder expresar algo nuevo.  Dio lugar al manierismo: el uso de figuras animadas por medio de presentar representaciones en posturas onduladas.  Se creía que el canon griego utilizado en el Renacimiento forma parte de la etapa decadente del arte griego antiguo y se buscaba el original, por medio de figuras más cercanas a la imitación de la naturaleza, relacionadas con el movimiento y el dinamismo.

La llegada de la Reforma y el establecimiento de la monarquía absoluta (con la formación de Estados modernos e imperialistas respecto a las colonias del "Nuevo Mundo"), conduce a que se procure un culto al poder (de la Iglesia católica, cuestionada y que necesitaba atraer gente con el esplendor; y el culto al gran poder de la monarquía absoluta).  Se fomentó el arte barroco, recargado y lleno de excesos (gran ornamentación en escultura y arquitectura, en pintura fuertes claroscuros y luces inmensas en figuras de poder, grandes construcciones arquitectónicas que dieran imagen de poder como las nuevas catedrales y el jardín del Palacio de Versalles del rey Luis XIV o Rey Sol).

El arte relacionaba la belleza con la complejidad, la belleza era severa y se entendía que la melancolía podía ser bella.  El arte, así, es recargado en detalles y busca lo sublime (cierto absoluto).

La nobleza, por su parte, más hedonista y tendente a la búsqueda del placer, financió un arte que deleite y dé gozo.  El refinamiento posterior dio lugar al clasicismo, un arte elaborado y bien ordenado que buscaba la armonía, pero que también tenía en cuenta las emociones refrenadas y que tenía que plasmar una belleza basada en el estilo y el gusto.

Esta armonía iba al hilo del nuevo movimiento cultural, la Ilustración que defendía que todo tenía que estar basado en la razón y que el orden provenía de ella (la soberanía política no era de origen divino, sino legitimada por la aplicación de la racionalidad y de la justicia en una suerte de contrato social, el conocimiento no era revelado sino basado en alguna forma de racionalismo y la ética era una reflexión racional acercad de la moral).  

En este momento histórico y cultural, se empezó a reflexionar sobre los juicios que se producen en la contemplación del arte y de la naturaleza.  Ya existían precedentes reflexiones acerca del concepto de belleza y acerca del arte, pero no sobre la propia contemplación.

Baumgartem estableció que la estética es el estudio de la experiencia sensible [habría que precisar que dicha experiencia es contemplativa y que no tiene que ver con el empirismo o el conocimiento sensible].  Consignó que ella debía estar basada en la lógica para que tuviera un ordenamiento adecuado.

Reflexiones posteriores como las de Shafstesbury y Diderot permitieron concluir que tenía que ver con otros criterios.  Shafstesbury lo identificaba con los "buenos humores", estímulos internos que realmente se despiertan más en la contemplación y no se refiere meramente a un orden por el orden (cuya máxima expresión podría ser la lógica), sino a un ordenamiento que resulte agradable.  Diderot consideraba que la belleza tenía más que ver con lo agradable a la contemplación y que tenía que ver más con la categoría de relación (había grados de gozo, por medio de los cuales se podrían hacer evaluaciones de grados de belleza).

Kant asevera que el concepto de belleza, al ser demasiado abstracto no puede atenerse a un tipo de representación determinado y, por ello, tiene que ver con un juego entre el entendimiento (la presencia de cierto concepto) y la imaginación (una forma de expresión bella concreta bajo unas reglas y ordenamiento determinada).  Toda representación entendida como bella bajo ciertos canones no agota el concepto de belleza, que es muy amplio y se ve actualizado en cada nueva manera de entender lo bello.  

Lo bello es lo que da gozo por su mera contemplación (por eso no genera interés: da gozo por sí mismo y no por lo que se pueda conseguir por medio de él; una paisaje hermoso da placer meramente por ser visto y no es necesario su compra para lograr una satisfacción, ni recompensa).  Es una noción universalizable: aunque dos personas no estén de acuerdo conque algo en concreto sea bello, entienden de lo que están hablando.  Un paisaje puede ser valorado como hermoso por una persona y es posible que otra persona no esté de acuerdo, pero ha entendido lo que ha dicho.  

Lo sublime, por otro lado, es un juicio que es asignado hacia todo lo que consideramos que es inmenso, y por tanto nos sobrecoge.  Da un gozo agridulce: es una sensación agradable al contemplar algo que parece que nos supera, pero del que tenemos un distanciamiento, del que surge un alivio que resulta agradable.

La belleza hace del mundo un lugar agradable y los juicios estéticos nos reconcilian con el mundo.

Romanticismo y estética



La teoría del conocimiento de Kant establecía que tenemos conceptos acerca de las representaciones del sujeto; el conocimiento proviene de la experiencia focalizada por unos apriori, pero que se limita a cómo nos aparecen las cosas, data sobre los fenómenos: cómo le parecen al sujeto que son las cosas.  Las cosas en sí mismas no son cognoscibles.

Los idealistas denunciarán que si se puede decir que nuestro conocer no da cuenta de cómo es la realidad es que algo se sabe de la realidad.  El pensamiento podría llegar a conocer la realidad.

En la antigüedad europea el conocimiento era entendido como objetivo, se describía que el entendimiento daba conceptos que describían la realidad objetiva.  En la modernidad, se llegó a la conclusión de que meramente tenemos conceptos y que ellos son solamente representaciones de las que dispone el sujeto (son el mapa, pero no el territorio): el conocimiento era entendido como subjetivo.  Con la crítica a las contradicciones de la concepción filosófica moderna (que defendía que el conocimiento era meramente representación y subjetiva), se procura unir el conocimiento objetivo y el subjetivo, dando lugar a un saber que abarque dichas facetas del conocer y que pueda dar cuenta de todo su potencial, dando lugar al conocimiento absoluto.

De la misma forma que el saber era entendido como objetivo en la antigüedad europea, el arte era una manera de expresión simbólica objetiva (representada por el canon clásico de la armonía: orden, medida y proporción; que se concretaba en la proporción áurea de la matemática).  Asimismo, el arte tornó a ser subjetivo.  El centro de atención no estaba en la propia obra de arte, sino en la interpretación del observador: el arte se volvía subjetivo.  E. g.  En El Quijote no solamente ocurren sucesos, sino que queda cierto margen a interpretar por parte del lector la verdad de los hechos -la versión de Sancho o la imaginería de Don Quijote-; en Las Meninas de Velázquez, es el observador el que tiene que decidir cuál el motivo principal del cuadro: si la princesa Margarita que aparece en el centro, las meninas que dan nombre al cuadro o los reyes que aparecen reflejados al fondo en un espejo.

Schiller consigna que se da una reconciliación entre la sensibilidad (que se puede entender como subjetividad) y la racionalidad (cierta objetividad) por medio de los juicios estéticos, dado que en ellos hay representaciones que dan cierto gozo pero ordenados con una estructura determinada y, en cierta medida, racional.  El ser humano queda liberado de sus facultades en el libre juego entre la sensibilidad y el entendimiento.

Hegel entiende que en el romanticismo se aúnan lo objetivo y lo subjetivo, dando lugar a un cierto absoluto.  El romanticismo es una reacción al clasicismo; en contra de su armonía que limita las emociones, se ensalza las pasiones desatadas y la belleza queda como la expresión de la naturaleza (a veces, grotesca, tenebrosa, horrenda y esperpéntica; pero desde luego, fascinante).  En ella se data la naturaleza y las identidades culturales (cierta objetividad), pero con un ensalzamiento muy grande. Por medio de este arte se expresa tanto la subjetividad como la objetividad y se expresa todo lo que el arte podía tener de expresión de ideas (sobre todo, a través de la poesía, el arte que mejor expresa ideas por medio de la bella expresión de la palabra escrita y conceptual).  Según Hegel, con el romanticismo se plasma simbólicamente el Absoluto y se expresa todo lo que podía ser expuesto simbólicamente, dando lugar al fin del arte.

Schopenhauer entiende que el arte puede expresar los fenómenos (representaciones del sujeto) como conocimiento o ilusión, pero, como todo, está sujeto a la Voluntad (el deseo, que proviene de la naturaleza, que es la forma de las cosas en sí).  Dicha voluntad procura y nos atenaza a seguir existiendo y queda, al final como vivir por vivir.  El arte mayormente tiene como impulso y finalidad primordial esta voluntad ciega, que reduce todo a que todo siga igual y sin sentido final.  La música puede escapar de dicha voluntad, si consigue una cierta sublimación, una suerte de abstracción de la vida que calma.




Nietzsche considera que la filosofía de Schopenhauer es nihilista, conduce a no creer en nada y a una gran sensación de vacío.  Considera que entender la vida como vivir por vivir es una suerte de pesimismo y de renuncia a una serie de potencias vitales muy vigorizantes.  Frente a la voluntad de vivir, presenta una voluntad de poder: querer ser más grande, expansión, uso del poder, poder hacer cosas, ser creativo.  La vida puede ser una obra de arte si el individuo es creativo y genera valores propios.  La vida no es pasiva, no es tensión; sino energía: hacer cosas, ser creativo.

La música puede llevar a estas potencias.  Nietzsche consigna que el arte clásico no solamente fue el apolíneo, el que busca la bella apariencia (con el canon de orden, medida y proporción); sino que también fue dionisíaco: un delirio y arrebatamiento frente a una música en la tragedia que nos atrapa, con unas emociones llevadas al extremo por el drama de un teatro que fue una derivación urbana de los cultos y ritos dionisíacos rurales arcaicos griegos.  

El arte puede fomenar el amor fati: decir sí al dolor, sí a la vida en su completitud, si es dionisíaco y es capaz de expresar (y así aceptar) lo extremo, horrendo y la naturaleza desatada.  Dicha aceptación quedaría reflejada en la aceptación del eterno retorno, la aceptación trágica (pero vigorosa) de que nuestra vida se repita una e innumerables veces de forma inexorable.

Algunas teorías de estética europea del siglo XX

 


 

Heidegger entendía que la metafísica occidental había sido el gran olvida del ser, al confundir el ser con el ente.  Durante la historia de la metafísica europea se había considerado a un ente o entidad determinada como al ser (sea la sustancia, la mónada...).  Heidegger defendía que el ser no puede ser un ente determinado, no puede ser un ser concreto porque es distinto un tipo de ser que el ser en general.  El ser sería lo que desvela los entes, el ser es lo que muestra y desarrolla el modo de ser de cada entidad: no es un ente o entidad, sino lo que está siendo.

El arte puede mostrar dicha verdad, dicho desvelamiento, plasmando la autenticidad de las cosas por medio de un medio de comunicación lleno de sencillez y gran expresividad.  E. g.  El cuadro Los zapatos viejos de Van Gogh muestran las huellas y el desgaste del trabajo y el ritmo de vida del campesinado.  

El arte tiene la capacidad de transmitir ideas y, por tanto, de desvelar la verdad de las cosas, haciéndolas más cercanas a las personas y convirtiendo nuestro entorno cultural y social en algo más humano.  Hace que la vida sea más humana, más habitable; desvela el potencial que hay en los materiales para hacer de la tierra bruta un mundo en el que podemos vivir.  

El arte transforma los materiales, usa el espacio y el vacío que es cubierto por el material para hacer más habitable el mundo.  Él pensaba más en la arquitectura (en la que tanto cuenta el vacío interior como el recubrimiento externo junto a su ornamentación determinada que hace habitable un edificio); pero el arte de Chillida (aunque más el de Oteiza) usa tanto el vacío como el material que lo cubre y le da forma, haciendo que haya esculturas que hacen que el entorno sea más humano y habitable.

Wittgenstein refería que el lenguaje lógico-referencial se limitaba a describir los sucesos del mundo y que se atiene a cuestiones concretas. El uso más semántico (literal) del lenguaje da cuenta de sucesos concretos y otros usos tendrán que ver con otros juegos del lenguaje, con otras normas.  En este sentido, la estética no da cuenta de la realidad, sino a evaluaciones sobre la realidad y, por tanto, da cuenta no de valores de verdad concretos y definidos, sino sobre valores absolutos. No puede ser expresado por el lenguaje lógico-referencial y los juicios estéticos tendrán que ver con la evocación y otros usos prácticos del lenguaje.

Walter Benjamin describe que el tratamiento del arte de su época hace que pierda su "aura", se pierde la experiencia especial.  El arte puede reproducirse en cualquier momento y la experiencia de contemplación se puede dar en cualquier momento por medio de su difusión masiva por los medios de comunicación y por la situación técnica (el que el arte cinematográfico pueda ser repetido en cualquier momento).

Adorno va más lejos y considera que el arte se ha convertido en una mercancía más de consumo, por la producción técnica, la tendencia al mercado y la cultura de masas.  La experiencia artística contemporánea se convierte, así, en un producto que puede ser comprado, consumido como una suerte de espectáculo o experiencia por la que se paga y se consume. 

Según Adorno y Horkheimer el arte debería seguir sus propias reglas, mantener su autonomía sin influencias de intereses más allá del desarrollo de la expresión de las corrientes artísticas; la tendencia artística debería ser una dinámica de constante replanteamiento de las normas artísticas y tendría que estar en una dialéctica negativa, en la que se critica todo para poder expresar nuevas formas artísticas (permitiendo salir de la razón instrumental normal -la racionalidad europea tradicional que, según ambos autores, ha reducido el pensamiento al cálculo de los mejores medios para llegar a fines considerados como positivos-).

Marcuse, por su parte, defiende que la cultura fomenta una represión innecesaria del gozo, dado que la búsqueda de la satisfacción en un ámbito de la vida impulsaría una mejora en las condiciones laborales y sociales.  Aboga por un fomento de una forma de producción lúdico-artística, configurar una manera de producción mecánica y de distribución masiva  de medios de subsistencia (necesidades básicas) que liberen tiempo para la dedicación de un tipo de trabajo creativo, basado en la imaginación y su libre juego que dé gratificación.

Gramsci, por su lado, defiende un arte con su propia normatividad y constante crítica, que obedezca sus propias normas y no se vea invadido por lo ideológico (limitando la capacidad artística a los tópicos y simplificaciones de los lemas propagandísticos).  La clase trabajadora debería generar un arte popular propio que lo defienda de las justificaciones hegemónicas de un arte principal fomentado por las clases altas, dueñas de editoriales y medios de difusión, y que procuran una cultura conformista que mantenga el statu quo y la hegemonía cultural de las clases altas.

 

Cuestiones estéticas

 

Con los planteamientos y debates del siglo XX, se replantea el papel del arte y sus finalidades.  Se empieza a hablar que hay tres características que definen una obra de arte: 1) ser bien estructurado y llamativo; 2) seguir unas normas de composición o estructuración de cada arte en cada momento o corriente artística; 3) la presentación de un mensaje o intención artística.

Asimismo, se establecieron tres criterios objetivos de evaluación estética: 1) la complejidad de la obra, una composición o estructuración de los elementos con un sentido y de forma elaborada; 2) la coherencia del mensaje; y 3) la intensidad de la expresión.

Bajo estos criterios tal vez se consiga llegar a una nueva definición de belleza, como la apariencia que al ser contemplada tenga un ordenamiento coherente y elaborado determinado (con una complejidad dada) que resulte agradable de ver y oír.


Bibliografía:

 

 

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-Adorno, Th. W. & Horkheimer, M.  (2004): Dialéctica de la ilustración.  Madrid: Trotta.

 

-Arana, J. R. (2005): Balada de la filosofía y de la ciencia.  Barakaldo: Ediciones de Librería San Antonio. 


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 -Aristóteles (1980): La metafísica. Madrid: Editorial Espasa-Calpé.

 


-Aristóteles (2007): Poética
Buenos Aires: Editorial Gradifco.

 

-Ardeo Rubio, I. (2005): “Fundamentos de estética”,
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 Donostia/San Sebastián: Ti.Ta. Editores asociados.

 

-Bayer, R. (2018): Historia de la estética.   
Barcelona: EFE. 

-Benjamin, W. (1989):  
La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica.   
Buenos Aires: Editorial Taurus.

-Corbalán, F.  (2012): La proporción áurea.  El lenguaje matemático de la belleza.  Villatuerta: RBA. 

 

-Crespo Sánchez, J. (2004): “Apuntes sobre belleza y sublimidad en Kant y Schiller”, in: Thauma, n. 3. Donostia/San Sebastián: Vicerrectorado de alumnos de la UPV/EHU, pp. 30-45.

 

-Foucault, M. (1997): Las palabras y las cosas
Madrid: Siglo XXI.


-Hegel,  G. W. F. (1989):

Lecciones sobre la estética
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-Hesíodo  2001: Obras y fragmentos.  
 Madrid: Editorial Gredos.


-Homero  (2000): Ilíada.  Madrid: Editorial Gredos.


-Homero  (2000): Odisea.  Madrid: Editorial Gredos.


-Kant, I. (2001): Crítica del juicio
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Madrid: Alianza Editorial.


-Platón (1971). El banquete. 
 Patricio de Azcárate (ed.). Filosofía en Español.
[Contsulta: 2019ko ekainaren 25ean]. Hemen igota:


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 Patricio de Azcárate (ed.). 
Filosofía en Español.
[Contsulta: 2019ko ekainaren 25ean]. Hemen igota:


-Platón (1994):  La República o el Estado. 
Barcelona: Edicomunicación.


-Russell, B.  (2009): Historia de la Filosofía.   
Madrid: RBA.

-Schiller, J. C. F. (1969):  
Cartas sobre la educación estética del hombre.  
 Madrid: Aguilar.


-Schopenhauer, A. (2000):  
El mundo como Voluntad y representación. 
 Madrid: Akal.




2020(e)ko maiatzaren 25(a), astelehena

Ensayo sobre la filosofía moderna europea





Ensayo sobre la filosofía moderna europea

Juan José Angulo de la Calle


Renacimiento








 
En los burgos medievales de la península itálica ya se había desarrollado el comercio mercantil y la cultura. En estos antiguos burgos medievales y comerciales  se había dado un gran desarrollo económico y su consecuente desarrollo cultural, al haber mecenas que pagasen a artistas.  Los nuevos ricos, los comerciantes, para sentir real su status tenían que lograr gran cultura, que formaba parte de los rasgos de la nobleza; por ello, promocionaron a artistas, de forma que consiguiesen una imagen de status alto.

En el Quattrocento se dio un gran avance en las diversas ciudades de la península itálica, y aún antes aparecieron escritores de la talla de Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio. 

Por otro lado, Marco Polo y otros exploradores empezaron la entrada de Europa al resto del mundo y a su apertura de miras.

Es en estas tierras, donde ya había un gran caldo de cultivo cultural, se produjo el Renacimiento. Muchos artistas y autores del Imperio de Bizancio huyen a la península itálica, a estos mismos burgos recuperando los cánones de arte clásicos (armonía: orden, medida y proporción), dando lugar al Renacimiento.  


La traducción de la obra del arquitecto Vitrubio (coetáneo a Julio César) impulsó la introducción de la perspectiva (las tres dimensiones necesarias para la arquitectura) a la pintura (dando lugar al uso del punto de fuga y a la técnica del sfumato), y la aplicación de la geometría y el uso de la proporción áurea (uso del número irracional phi o Φ para formar figuras armoniosas).  

Teóricos y artistas como Luca Pacioli, Leon Battista Alberti y Albrecht Dürer impulsaron la idea de que componer los cuadros -y esculturas- aplicando proporciones matemáticas daba lugar a elementos armoniosos, que eran vinculados a la belleza -seguramente por ser agradables a la vista-.  




https://es.wikipedia.org/wiki/Espiral_dorada#/media/Archivo:Fibonacci_spiral_34.svg


En el Renacimiento, la base más importante de la aplicación de la proporción áurea fueron las medidas de longitud del cuerpo humano: pies, palmos, dedos, pulgadas y yardas; dando lugar a que diera el mensaje indirecto de que el ser humano fuera la medida en función de la que se formaran el resto de figuras y espacios de la ordenación de los cuadros, las proporciones en la escultura y el ordenamiento de los elementos en arquitectura.  Ello fomentaría más adelante al humanismo renacentista.


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f1/Vitruvian_Man_by_Leonardo_da_Vinci.jpg
https://es.wikipedia.org/wiki/Hombre_de_Vitruvio#/media/Archivo:Vitruvian_Man_by_Leonardo_da_Vinci.jpg




 

Junto a la proporción áurea (posición de los rasgos faciales, estructura anatómica y tratamiento de los elementos del espacio de forma matemática), se introdujo en pintura el punto de fuga (la perspectiva) y la técnica de sfumato: difuminar el fondo de los cuadros para expresar distancia y perspectiva. 


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/73/Leonardo_da_Vinci_-_Mona_Lisa_%28Louvre%2C_Paris%29.jpg
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Gioconda#/media/Archivo:Leonardo_da_Vinci_-_Mona_Lisa_(Louvre,_Paris).jpg



 

 Humanismo


El gran cambio que dio lugar al Renacimiento fue la caída del Imperio romano de oriente, Bizancio. La conquista de Constantinopla por parte del Imperio turco otomano en 1453 llevó a un gran cambio en las sociedades europeas.   

La consecuencia directa fue que las rutas comerciales (ruta de la seda, ruta de las especias...) fuera monopolizada por el Imperio turco y los europeos tuviesen que buscar otras rutas comerciales (circunnavegando África por parte del Reino de Portugal y que el Reino de Castilla buscase llegar a la India por el este -sin saber que en medio se encontraba América-). 
  
Europa tuvo contacto con nuevos continentes en su proceso de colonización e invasión.  Por presiones por parte de Bartolomé de las Casas, entre otros, y por las revueltas de indígenas, se acaba declarando el Estado de Gentes.  Sobre el papel y de forma meramente formal, Europa reconoce la humanidad de las personas de los pueblos no cristianos y tildados de "salvajes".

Estos hechos, junto a la recuperación de textos clásicos grecorromanos y a la importancia del ser humano otorgada por parte de los pensadores de la época, conduce al humanismo renacentista.  


La visión medieval de Agustín de Hipona había consignado que el ser humano estaba en Caída y no podía hacer el bien por sí mismo (carece de fuerza de voluntad y necesita a Dios).  


Por contra, humanistas como Pico della Mirandola aseveran que el ser humano es un ser pensante y capaz de tomar sus propias decisiones, y es un ser capaz de actuar y ejercer influencia sobre asuntos mundanos [como lo demuestra la tradición grecorromana clásica, en la que aparecen las habilidades históricas del ser humano para moverse en asuntos humanos por medio de la astucia, la estrategia y la razón].


Maquiavelo realiza varios escritos en los que describe que, teniendo presentes las pasiones humanas, el gobierno del Estado puede regularizar la sociedad por medios desacralizados y fuera de la moral cristiana.  

 



 

En El príncipe, distingue entre la bontá (bondad, moralidad individual) y la virtù (virtud o habilidad política táctica).  La bondad se tiene que ejercer en la vida individual, mientras que el príncipe debe poder usar aquellos métodos que le permitan mantenerse en el poder y ejercer el poder.  


Por supervivencia y para establecer un orden, el príncipe tiene que tener libertad para "ser un zorro entre aliados [engaños] y león con los lobos [castigos]".  


Maquiavelo considera que los seres humanos son malvados (egoístas, interesados) y que se tiene que establecer un Estado para que haya orden, un orden establecido por medios mundanos, alejados de la moralidad cristiana (y cercanos a los utilizados en la época clásica grecorromana -Maquiavelo escribió sobre la historia en tiempos de Tito Livio-).


Con una cierta apertura a otros pueblos (sobre todo los antiguos europeos -ensalzados en el arte renacentista-), la mentalidad cambia.  Hay una mayor disposición a una apertura a teorías divergentes.  Los descubrimientos en artillería y su consecuente estudio de las trayectorias de los proyectiles condujeron al avance en matemáticas.


Dicho avance científico, propició el desarrollo en diferentes teorías astronómicas.  Dio lugar a un cierto relativismo: podían existir diferentes teorías acerca de la astronomía que fuesen consistentes [el progreso era visto como algo negativo: conducía a darse cuenta de que las teorías iban cayendo, según se avanzaba se hundía lo que se había concebido]. 


En este clima, pudo ser publicado el escrito de Copérnico sin crear ningún malestar social: había muchas teorías y una teoría más, aunque pudiese ser polémica, no implicaba nada, porque no dejaba de ser una hipótesis matemática más que valía en el papel.




Reforma y filosofía moderna


El estado de tolerancia respecto al relativismo y a la valoración de la tradición pagana acabó con la Reforma protestante.  Solamente podía haber una verdad, o la católica o la protestante.  


Cualquier posicionamiento relativista o idea divergente podía ser vista como un cuestionamiento de la verdad, que ahora no podía ser puesta en duda porque el monopolio de ella y del poder ya no lo tenía la Iglesia católica y ella no podía permitirse medias tintas, que le podían hacer el juego al nuevo foco del poder sobre las ideas.


En el Renacimiento, la Iglesia católica tenía asegurado el poder sobre las ideas y no importaba que hubiese acercamientos divergentes (relativismos, hipótesis meramente matemáticas como la de Copérnico y coqueteo con la cultura pagana clásica), ya que no tenía efectos sobre su poder.


Sin embargo, cuando empezaron a surgir iglesias cristianas protestantes en diversos Estados europeos que trataban de justificarse señalando que eran ellas las que tenían la verdad, la Iglesia reaccionó con dureza frente a posicionamientos divergentes: solamente podía haber una verdad y quien no la defendiese, era visto como una persona que cuestiona la verdad de la Iglesia y su autoridad.


Mientras que en la época renacentista Copérnico pudo publicar su obra, siendo tomada como una mera hipótesis matemática, Galileo Galilei fue censurado por defender su teoría heliocéntrica con mejores planteamientos matemáticos y pruebas experimentales (su uso del telescopio).


En los Estados donde se realizó la Reforma, también hubo persecuciones como las del astrónomo heliocentrista Johannes Kepler y el defensor del sistema circulatorio sanguíneo Miguel Servet.


El arte agotó la expresividad renacentista con el manierismo (hacer arte a la maniera renacentista, aunque con figuras de formas sinuosas y no rectas para darles dinamismo).  Fue usado como herramienta ideológica por parte de la Iglesia católica y las monarquías absolutas para demostrar su poder y grandeza, de forma que atrayese a la gente y la persudiese de su gran poder y de la gran verdad que defendía [Luis XIV, el principal impulsor del fastuoso palacio de Versalles, dijo: "El Estado soy yo"].  





 

El arte barroco contenía una composición muy recargada y llena de detalles, como muestra de ostentación y poder (motivos que eran impulsados por los poderes a los artistas); el uso de fuertes e intensos claroscuros realzaba este estilo de gran expresividad y fasto.  La expresión de grandes ideas y de la gran verdad tenía que ser presentada de forma grandilocuente y exagerada, y se fomentó estas tendencias en el arte; de esta forma, se expandía la gran verdad única ostentada por las iglesias cristianas y la nueva monarquía absoluta.


Solamente podía haber una verdad.  Por ello, la búsqueda de la certeza es la gran inquietud de la filosofía moderna.  Dicha certeza fue encontrada por parte de Réne Descartes.


 

 Filosofía moderna

 


La filosofía medieval y renacentista consideró que el conocimiento era objetivo, pero Descartes dudó del mundo como tal y solamente encontró al sujeto pensante como fundamento del entendimiento.  El conocimiento pasó de ser objetivo a ser subjetivo, y dicho sujeto pensante fue la certeza que encontró Descartes.


La duda metódica de Descartes es una mera estratagema para al final llegar a certezas.  Puso en cuestión los datos de los sentidos (que son confusos y bien podían ser un sueño o matrix), el mundo (una ilusión de un genio maligno) y la existencia de Dios (en cuyo lugar bien podría estar el mencionado genio).  


En una época en el que los descubrimientos matemáticos de Galileo cuestionan que el sol sea el que se mueva en torno al sol, como nos parece con los datos de los sentidos: la verdad no puede provenir de la mera experiencia.


Claro, este cuestionamiento es una mera argucia, dado que al final se presenta una certeza.  No era época para dudas demasiado grandes y la búsqueda de certeza se refleja en el método de Descartes.  Tanto la iglesia católica como las reformadas se presentaban como detentadoras de una verdad revelada y veían en el relativismo una suerte de heterodoxia peligrosa.
 
La escolástica estaba anquilosada y las matemáticas no podían datar de nada ajeno a ellas.  Descartes tuvo que buscar en otra parte la certeza.  Desarrolló su método.


René Descartes fue un gran matemático (fue configurador de las coordenadas cartesianas, entre otra aportaciones) y tuvo que conocer el álgebra moderno que se estaba desarrollando en su época.  El álgebra consiste en un sistema de operaciones que permiten descubrir una incógnita (descubrir qué número es x, y, z...) y pudo influir en su método, que busca descubrir un elemento todavía no conocido, pero básico y fundamental para el saber.     

Su método consiste en no tomar como punto de partida nada que no sea puramente evidente (descartando todo), eliminar como evidente aquello que pueda dar lugar a dudas y quedarse con lo evidente; partir de esos primeros principios para llegar a ideas secundarias, a partir de las cuales formar un sistema o teoría.


[El método de Descartes fue la base de la nueva lógica moderna desarrollada por la escuela de Port-Royal]. 

En su caso, dudó de todo (para recuperarlo después) y pensó que, aunque todo pudiese ser falso y nos engañase un genio maligno, debe existir alguien para que pueda ser engañado: un ser engañado.

Como existe un ser que se puede equivocar, debe existir un ser que piensa y duda, aunque se equivoque y sea engañado.  Tiene que haber un engañado; y esta conclusión la logra por el mero pensar: cogito, ergo sum [derivación de la conclusión de Agustín de Hipona:  dubito ergo cogito, cogito ergo sum; dudo luego pienso, pienso luego existo].


La certeza proviene del pensamiento, por lo que se detiene a contemplar su contenido.  Encuentra que en el pensar hay una serie de ideas previas a la experiencia (las ideas innatas) que permiten focalizar los datos de los sentidos dentro de conceptos que los ordenan de forma que sean inteligibles y que no pueden venir de la experiencia porque tienen que existir antes para que pueda ser concebible el haz de datos sensoriales.


Dentro de estas ideas, esta la idea de infinito que no puede venir de un ser finito; así que tiene que ser puesta por un ser infinito o Dios [otra versión del argumento ontológico de Anselmo Canterbury: si se puede pensar en algo más grande que el mero pensamiento, no puede venir del pensamiento sino de un ser más allá de aquello que puede ser pensado o Dios].   [Sin tener en cuenta que el infinito puede ser la negación de lo finito y que el pensar que se tiene monedas en el bolsillo no implica que ellas existan].


Concluido que Dios existe, Descartes afirma que como Dios es bueno, no nos engaña y que el mundo es real y los datos de los sentidos son relativamente fiables.


Duda de todo para, al final, llegar a que existe todo; hace como que duda de la existencia de Dios, para después recuperarlo.  No eran tiempos para dudas grandes, por eso su duda era meramente metódica y por eso buscaba certeza: porque su mundo buscaba una certeza.


Llega a una certeza: la existencia del sujeto pensante y pone como base del conocer a dicho sujeto, con un pensamiento e ideas innatas, y que se remite a sí mismo: no data directamente la realidad, sino que el pensamiento cuenta con una serie de representaciones.  


Las ideas no son descripciones objetivas de la realidad, sino representaciones del pensamiento del sujeto pensante.  El conocimiento deja de ser objeto y pasa a ser subjetivo.


Michel Foucault retrata este cambio de paradigma en el conocimiento a través de el cuadro de Las meninas de Diego Velázquez.  En el arte precedente, el arte es objetivo: tiene un centro claro, si no está en el propio centro, se destaca por la luz o porque las miradas de los personajes se dirigen a él.  En el cuadro de Velázquez no hay un centro al que dirigir la atención, no se sabe qué es lo más importante [¿es la princesa Margarita que está en el centro, las meninas que dan nombre al cuadro o los reyes que están reflejados en un espejo?].  Para entender esta pintura, se requiere la intervención del observador: el arte es subjetivo.  Asimismo es el conocimiento: el conjunto de las representaciones o esquemas mentales del sujeto.





 

Empiristas y racionalistas

 



En Gran Bretaña, se dio un gran crecimiento comercial (debido a la colonización) que dio lugar a un esplendor cultural.  Junto a la ciencia de Newton, se dio lugar a una época que superó una guerra civil y una revolución liberal, que abrió las puertas a la diversificación del pensamiento.  Un proceso de Ilustración, en el que se ensalzaba la razón y se ponía a ella como fundamento de todo; movimiento cultural que empezó en Gran Bretaña y continúo más adelante en el resto de Europa; un proceso cultural en el que se abrió a otras formas de concebir el conocimiento.


El ensalzamiento de la ciencia experimental por parte de Francis Bacon, así como los descubrimientos teórico-matemáticos comprobados de forma experimental por parte de Galileo, conducen a valorar la experiencia y los datos de los sentidos.
  
Entre otros teóricos, Locke afirma que las ideas innatas son indemostrables, por lo que el conocimiento tiene que venir de otra fuente: las sensaciones.  Entonces, las ideas serían meras abstracciones de los datos de los sentidos, generalizaciones.
Leibniz fue el último intelectual que abarcó todos los saberes de su época (sus sucesores no lograrían tratar todos los temas de su época), se preocupó por el saber y por el valor de la racionalidad.  Como diplomático consideraba que meramente por medio de presentar claramente las razones del Estado al que representaba, se podía convencer a otros Estados a plegarse a sus condiciones.  Su talante escuchante y abierto le llevó a pensar que podía conciliar a católicos y protestantes [logrando únicamente que los católicos quisiesen convertirlo y los protestantes, tratarlo como autoridad y que al final le llamasen Glaub nicht, El que no cree]. Como pensador preocupado por el saber, atendió a posiciones contrarias a la suya para darle su debida contestación.
Leibniz cuestiona el posicionamiento de Locke, aseverando que la experiencia solamente sería comprensible si hubiese una serie de ideas innatas que ordenen el caos de los datos de los sentidos. 


Un saber meramente sensorial podía impedir que tuviese legitimación conceptos puramente formales y fundamentales como las categorías o modos de ser.  Hume recogió dicha inquietud para aseverar que ellas carecían totalmente de fundamento y pudo soportar la conclusión de que el entendimiento era meramente convencional.  





 
Incluso la fundamental noción de causa carece de fundamento: no es comprobada por los sentidos (solamente se ve que suceden cosas, pero la relación entre ellas es una asociación que hace el sujeto por costumbre); se podría afirmar que se da un fenómeno si se cumpliese en todos los casos, pero dicha comprobación sería imposible porque no se puede realizar (no se puede experimentar los innumerables casos que se dan en el transcurso imparable del tiempo).


Kant asume que el conocimiento viene de los sentidos, pero solamente son posibles los datos sensoriales por el entendimiento si son pasados a través de unos conceptos fundamentales previos (los aprioris).  Únicamente pueden ser reconocibles y cognoscibles los datos de la experiencia si se cuenta con formas de focalizarlos con intuiciones del espacio y tiempo, y ordenarlos con conceptualizaciones y categorías previas.
 
Kant distingue entre juicios analíticos y sintéticos, en los analíticos el predicado está incluido al sujeto y son apriori (previo a la experiencia); sintéticos son los que el predicado no está incluido al sujeto y son a posteriori (obtenidos por la experiencia).  Los juicios analíticos apriori no dicen nada nuevo y los juicios sintéticos a posteriori conducen al escepticismo.  Sin embargo, Kant describe que hay juicios sintéticos apriori, unas intuiciones sensibles (las nociones de espacio y tiempo) y las categorías. 
 




 
 
 
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Kant, además de verse influído por David Hume y el racionalista Christian Wolff, conocía la obra de Newton.  En su mecánica clásica, dispuso que había tres leyes físicas fundamentales (ley de la inercia de los cuerpos, ley fundamental de la dinámica y principio de acción y reacción) que delimitaban la influencia de los cuerpos de grandes masas que atraían a otros más pequeños (por obra de una desconocida fuerza de la gravedad) y que el espacio y el tiempo eran absolutos [dicha concepción duraría hasta la teoría de la relatividad de Einstein, que demostraba que el espacio y el tiempo son relativos].  El espacio y el tiempo de los que trataba científicamente Newton eran una de las bases del conocimiento, según Kant.  
Solamente se puede situar los objetos si se tiene previamente unas nociones del espacio y el tiempo, nociones matemáticas fundamentales y las categorías; sin ellas, ni siquiera sería posible llegar a captar algo por los sentidos, serían un haz incomprensible de datos sin posibilidad de formar parte del entendimiento del sujeto (no habría nada pensable).


Una persona de nacimiento ciega, si lograse la vista, sería incapaz de entender los datos que recibe de los ojos porque su entendimiento de la realidad solamente ha sido formada por otros sentidos.  Únicamente obtendría datos con los que no sabe manejarse, a menos que utilice el resto de sentidos, en los que está formado.


El posicionamiento de Kant tiene un precio: el entendimiento solamente cuenta con las representaciones del sujeto, consta de cómo concebimos las cosas, pero no data de cómo son las cosas en sí mismas.  


Se conoce los esquemas mentales o conceptuales que el sujeto se hace para entender la realidad o hacerla entendible para él, pero no tiene conocimiento acerca de la propia realidad.  Solamente se sabe acerca de las representaciones; cómo sea la realidad es algo que va más allá de la conceptualización que se haga el sujeto (por medio de los sentidos y los aprioris que ordenan sus datos).  En cierta manera, se recogen las conclusiones de Hume.


Los filósofos idealistas le denunciarían a Kant que si se sabe que no se tiene un saber de las cosas en sí, es que algo se sabe de la realidad (cómo no es) y para poder decir que lo que se conoce no data la realidad es que algo se debe saber de cómo es la realidad (para poder afirmar cómo no es).


A partir de ahí, una vez que los idealistas, de una manera o de otra, unan el conocimiento subjetivo con el objetivo, concluirán que han llegado al conocimiento absoluto y empezará la filosofía contemporánea europea.



Bibliografía:



-Arana, J. R. (2005): Balada de la filosofía y de la ciencia.  Barakaldo: Ediciones de Librería San Antonio. 

 

-Casas, A.  (2015): La materia oscura.  Villatuerta: RBA.

 

-Corbalán, F.  (2012): La proporción áurea.  El lenguaje matemático de la belleza.  Villatuerta: RBA.

 

-Descartes, R. (1959): Discurso del método. Madrid: Losada, S.A.


-Foucault, M. (1997): Las palabras y las cosas. Madrid: Siglo XXI.


-Kant, I.  (2002): Crítica de la razón pura.  Barcelona: Ediciones Folio. 


-Leibniz, G. W. (1992): Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano.  Madrid: Alianza Editorial.



-Locke, J. (2015): Ensayo sobre el entendimiento humano.  México D. F.



-Russell, B.  (2009): Historia de la Filosofía.  Madrid: RBA. 


-Toulmin, S.  (2001): Cosmópolis.  El transfondo de la modernidad.  Barcelona: Ediciones Península.

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